miércoles, 19 de septiembre de 2012

EL MONÓXIDO DE PLOMO, UN VENENO DE VENTA LIBRE

A pesar de tratarse de un tóxico altamente peligroso, el Oxido de Plomo o Litargirio se puede conseguir cándidamente en ferreterías y casas de construcción de gran parte, por no decir todas las provincias argentinas, ya que el mismo es de venta libre y se lo utiliza, entre otras actividades, en construcción para el sellado de roscas de cañerías de agua y gas.

Es así que podemos conseguirlo, en su presentación típica, envases plásticos de 250 o 500 gramos que no cumplen ninguna normativa ni poseen indicación de seguridad, aunque también se ofrecen en bolsitas plásticas.

Ahora bien, si leemos la Ficha Internacional de Seguridad Química ICSC (Intenational Chemical Safety Cards) 0288, nos enteraremos que el monóxido de plomo genera alto riesgo durante el embarazo con efectos adversos sobre el feto al punto que, como medida de prevención, se indica que se debe evitar todo contacto de las mujeres embarazadas con la sustancia.

Comprenderemos además, que el monóxido de plomo genera posible riesgo de perjudicar de forma permanente la fertilidad humana, que es nocivo por inhalación y por ingestión, que es peligroso por sus efectos bioacumulativos y muy tóxico para los organismos acuáticos.
 
Uno se pregunta entonces, ¿porqué podemos comprar sin ninguna restricción este tóxico, por todos conocido, si solo contamos con el deseo y unos pocos pesos en el bolsillo?.
 
Quizá la respuesta sea que, debido a que la presentación comercial no tiene indicación alguna acerca de la peligrosidad de la sustancia y que los envases no nombran la palabra plomo, nadie se percata del riego asumido por el compuesto que está usando y almacenando luego de su uso en cualquier sitio del hogar.
 
O bien, que no sea creíble o no se internalice su peligrosidad debido a que se trata de una sustancia absolutamente familiar cuyo uso data desde hace decenas de siglos.
Tengamos en cuenta que existen evidencias que indican que el Plomo se utilizaba en Asia Menor desde el año 5000 antes de Cristo, los que nos lleva a afirmar que fue uno de los primeros metales que uso el hombre para trabajar.
 
Como ejemplo de la potencialidad de daño podemos tomar el caso de los romanos, que lo usaron para la fabricación de conductos de agua y utensillos diversos, especialmente destinados al almacenamiento de vino, lo que llevó a muchos historiadores a explicar la locura y excentricidad de numerosos emperadores y su corte en el saturnismo (intoxicación crónica por plomo o “saturno” como llamaban los alquimistas a este elemento) que le generaba la ingesta permanente en recipientes contaminados.

En el año 360 antes de Cristo, el médico griego Hipócrates de Cos, el mismo del juramento Hipocrático que confirman todos nuestros médicos al momento de recibir su título, logra relacionar síntomas específicos de un trabajador minero con la exposición al plomo.

El plomo dentro del organismo no se transforma en otras especies, se acumula y permanece en el cuerpo por largos periodos de tiempo. Además, la inhalación o ingestión de monóxido de plomo puede ser fatal si las dosis son extremas.
 
No existe plomo naturalmente en el cuerpo y no se ha identificado ninguna función benéfica del plomo en el organismo humano.
 
Una vez que el plomo ingresa al organismo pasa rápidamente al torrente sanguíneo y se distribuye de forma no homogénea en el cuerpo, siendo su vida media en sangre y tejido blando de alrededor de 30 años y períodos aún mayores en los huesos.
 
La exposición a monóxido de plomo (por ingestión o inhalación) afecta casi todos los órganos y sistemas del cuerpo, siendo el más susceptible el sistema nervioso central.

La exposición a niveles altos provoca debilidad en dedos, muñecas y tobillos, puede afectar el sistema reproductivo masculino y posiblemente perturba la memoria.

Además causa anemia, disminución de las células sanguíneas y alteración de las funciones nerviosas, aunque, cabe aclarar que estos efectos no se han podido relacionar con exposiciones a bajos niveles.
 
En cuanto a las condiciones de manejo y almacenamiento seguro orientadas a la disminución del riesgo a la salud humana, nos encontramos con que la carta ICSC 0288 reza que, debe evitarse la exposición y deben recabarse instrucciones especiales antes del uso del litargirio. Además, en caso de accidente o malestar, se debe acudir inmediatamente al médico si es posible mostrándole la etiqueta del producto, cosa que, como ya dijimos, no existe en los recipientes de los que estamos hablando. Por cuerda separada, se debe eliminar el producto y su recipiente como residuos peligrosos, de acuerdo, en nuestro caso a la ley Nacional número 24051 o ley Provincial de adhesión número 8973 y se debe evitar la liberación al medio ambiente.
 
La ficha de seguridad también indica que el litargirio se debe almacenar en lugares bien ventilados, frescos y secos, los contenedores de almacenamiento deben estar cerrados herméticamente y protegidos del daño físico para prevenir derrames, se deben señalizar las áreas donde puede presentarse exposición a monóxido de plomo y crear accesos restringidos solo para personas autorizadas, cosa que evidentemente no cumple una góndola de algún comercio. Resulta obvio que ni el vendedor, ni el comprador cumple con los requisitos que rezan que se debe evitar el contacto con oxidantes y metales activos químicamente, debido a la posibilidad de presentar reacciones violentas y que no se debe permitir comer, beber o fumar en las áreas donde se manejan, procesan o almacenan sólidos o líquidos que contienen litargirio.
 
El plomo es antes que nada un constituyente natural de la Tierra y sus concentraciones normales en suelo seco oscilan entre 10 y 50 partes por millón.

La verdadera paradoja es que el plomo viene siendo activamente perseguido, se lo sacó de las naftas (en realidad se los sustituyo por otras sustancias tan o más peligrosas, pero eso será tema de otro artículo), se lo detecta en niveles de partes por billón en alimentos, en agua, en suelo, se intenta prohibir su uso en cualquier actividad, que no sea las baterías porque ahí nos quedamos sin automóviles y eso no parece ser prioridad, por ahora, de ninguna agenda ambiental que se precie de democrática, mientras en nuestras casas o negocios del ramo cercanos tenemos, monóxido de plomo, una versión altamente venenosa, que se compra, usa y almacena sin seguir norma ninguna y en concentraciones de 98 a 100 partes de 100, o sea veneno puro y al alcance de la mano.


Darío Sbarato
Ex Secretario de Ambiente de la Provincia de Córdoba.
Actual Vicepresidente de IRePCySA La Rioja.

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